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A 8,706 kilómetros de ti

Foto del escritor: Patricia Berretta
Patricia Berretta
15 oct 2020
2 min de lectura

Había pensado volver a escribir aquí por semanas pero las palabras, o mis sentimientos, no querían salir a la luz. Pero hoy, caminando por alguna calle de la ciudad escuchando Who Says? de Selena Gomez (salió en shuffle, no me juzguen), me pregunté a cuántos kilómetros de mi casa estoy.


Es chistoso pensar en mi casa. Mi casa era blanca, grande, tenía un jardín y muchos libros. Ahora, mi casa es un piso, mi lugar seguro es una habitación con muchas maletas dentro y un balcón con muy malas cortinas. Pero más allá del espacio físico, mi casa son mis padres, son mis amigas, mis libros, mi rutina. Y hoy, más que nunca, mi casa soy yo.


Hoy, mi casa está muy lejos del lugar donde nací y a pesar de eso, nunca se había sentido tan mía. Tan tranquila, tan feliz, tan real. Las calles nunca se habían sentido tan mías, incluso comer unas galletas sentadas en el pasto me parece la actividad más emocionante del mundo. Me encanta despertar y pensar en todas las personas en mi vida y las que van a llegar, los libros que he leído, los museos que no he visitado, las comidas que me quedan por comer (porque no he probado el jamón serrano) y todas las calles por las que no he caminado.


No pretendo decir que todo es color de rosa, porque hay días malos y días llenos de soledad. Días en los que llegan olas de tristeza que parecen que me van a ahogar. Pero, todo valió la pena.


Irse, en medio de una pandemia, fue mucho más difícil que en circunstancias normales. Dejar mi familia, mi trabajo (ese no me dolió la verdad), a mis amigos y amigas, incluso a mis cosas materiales, dolió. Pero es un dolor que dura aproximadamente 0.3 segundos porque siento que mi vida va en la dirección correcta, en el lugar correcto, haciendo las cosas correctas.


Llevo pocos días aquí, pocos en perspectiva de los que he pasado en otros lugares, pero he entendido que extrañar duele, pero vale la pena, las llamadas son oro y la amistad no conoce límites ni tiempo ni fronteras, tampoco zonas horarias (big shoutout a mi insomnio for this).


El día que me subí al avión, sin un boleto de regreso y con todas mis pertenencias en dos maletas (escuchando I wonder de Mamma Mia 2), se sintió como el primer día del resto de mi vida y, creo que lo fue. Me parece increíble que, a 8,706 kilómetros de mi hogar, nunca me había sentido tan yo.


Con mucho amor y sueño desde Madrid,

Paty

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